lunes, 24 de marzo de 2025

Cervezas Artesanales en Uruguay: Modelos de Negocios

Cuando hablamos de los grandes cambios que han atravesado los mercados en las últimas décadas, solemos pensar automáticamente en el sector tecnológico. Sin embargo, hay ejemplos fascinantes de transformación e innovación en rubros que, a primera vista, parecen alejados del mundo de las TIC. Uno de ellos es el de las cervezas artesanales en Uruguay, un fenómeno que crece de manera sostenida y que refleja con claridad cómo las nuevas lógicas de producción, consumo y colaboración están redefiniendo la manera en que concebimos los negocios.

La mayoría de estas cervecerías nacen como iniciativas personales. Personas que, más que emprender con una visión puramente comercial, comienzan su camino desde una necesidad propia: el deseo de consumir algo diferente, algo que el mercado masivo no ofrece. Desde allí, deciden producirlo. Este gesto inicial tiene mucho que ver con el concepto de prosumer (productor + consumidor), donde quien antes era sólo un consumidor pasivo ahora toma un rol activo, participando no sólo en la elección sino también en la creación y transformación de los productos que desea.

Pero lo interesante no termina ahí. Las cervecerías artesanales no se limitan a fabricar un producto alternativo; construyen una forma distinta de vincularse con su entorno. Apoyadas en herramientas digitales y redes sociales, aprovechan canales de comunicación directa con sus clientes. Dialogan, reciben retroalimentación, ajustan sus recetas y experimentan constantemente. El ecommerce y las plataformas digitales les permiten llegar a consumidores sin necesidad de intermediarios, manteniendo un vínculo cercano y genuino que refuerza el valor de lo artesanal y lo local.

Además, en este sector es notable el grado de cooperación entre actores que, en otro contexto, serían considerados competidores. Lejos de replicar la lógica de las grandes corporaciones cerveceras, donde prima la competencia feroz y la estandarización, las cervecerías artesanales optan por colaborar, compartir conocimientos, insumos, y hasta espacios de producción o distribución. Se organizan en redes, participan en ferias conjuntas, y fortalecen una marca colectiva que trasciende a cada una de ellas.

Este tipo de dinámicas no son casuales. Son parte de un cambio más profundo en la forma en que entendemos el trabajo, la producción y el consumo. Las claves del éxito en este sector no pasan únicamente por el volumen, sino por la calidad, la cercanía, la innovación y la capacidad de adaptarse rápidamente. La experimentación es constante, ya sea probando nuevas combinaciones de ingredientes, nuevos estilos, o incluso nuevas formas de presentación y distribución.

En el fondo, lo que vemos en las cervecerías artesanales es la aplicación práctica de varios conceptos que han ganado relevancia en los últimos años: cooperación, redes horizontales, innovación abierta, economía colaborativa y crecimiento sostenible basado en la diferenciación, no en la homogeneización.

Quizás lo más importante sea la lección que dejan: no hace falta ser parte del sector tecnológico para adoptar y beneficiarse de estos enfoques. La transformación digital, entendida en un sentido amplio, no es sólo cuestión de software y algoritmos, sino también de nuevas maneras de relacionarse, de producir valor, de conectar con clientes y con otros actores del mercado.

Las cervecerías artesanales nos muestran que es posible construir modelos de negocio más humanos, descentralizados y colaborativos, donde la innovación no esté reservada a gigantes, sino que sea el resultado natural de la interacción entre personas apasionadas por lo que hacen.

Y, en ese sentido, vale la pena preguntarse: ¿qué otros sectores podrían mirar hacia este modelo para repensar sus prácticas y abrirse a nuevas formas de crecer?

[Si quieres probar cervezas locales, uso y recomiendo Birrava]

.

.

Desafíos Éticos en la Era de la Inteligencia Artificial

La semana pasada particpé como invitado en el Taller de Ética y Responsabilidad Social de la Licenciatura en Administración en FCEA, UdelaR, donde estuve conversando sobre los desafíos relacionados con las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) y, especialmente, con la inteligencia artificial (IA). 

Un primer ejemplo es el reconocimiento facial, una tecnología que ha ganado popularidad en diversos sectores, desde la seguridad hasta la publicidad. En el ámbito del marketing relacional y la gestión del relacionamiento con clientes, el reconocimiento facial podría ser utilizado en tiendas de retail para identificar a los clientes y ofrecerles experiencias personalizadas, similares a cómo funcionan las cookies en internet. Sin embargo, surgen preguntas sobre la privacidad y el consentimiento: ¿los clientes están informados de que se les está rastreando? ¿Deben dar su consentimiento explícito, como ocurre con las cookies en los sitios web? ¿Qué tan invasivo puede resultar? ¿Como clientes queremos eses nivel de trazabilidad al que nos acostumbramos a tener en la web?

Otro desafío ético importante es a la capacidad de las IA para la toma de decisiones autónomas. Cada vez más empresas y organizaciones confían en algoritmos para tomar decisiones críticas, como la aprobación de préstamos, la selección de candidatos para un puesto de trabajo o incluso el diagnóstico de enfermedades. Sin embargo, ¿hasta qué punto es aceptable delegar la responsabilidad de decisiones tan cruciales a máquinas? A pesar de que la IA puede procesar grandes cantidades de datos y ofrecer recomendaciones objetivas, no puede tomar en cuenta el contexto humano o la moralidad de una situación de la misma manera que un ser humano. ¿Deberían los aspectos humanos ser parte del proceso de decisión? ¿Qué sucede cuando una IA toma una decisión equivocada y las consecuencias son irreparables? ¿Quién es responsable de esos errores?

El otro elemento que diferencia a la IA de las TIC anteriores es la posibilidad de generar ideas nuevas. En cuanto a la originalidad de la IA, nos encontramos con la cuestión de si las creaciones generadas por inteligencia artificial, como textos, obras de arte o música, son verdaderamente originales. Si una máquina produce contenido a partir de grandes volúmenes de datos, ¿es legítimo considerar a esa creación como producto genuinamente nuevo? ¿O estamos frente a una suerte de "reconstrucción" de lo que ha sido previamente creado por humanos? Además, este fenómeno plantea la pregunta sobre quién es el autor de esa creación: ¿la IA misma, los programadores que la diseñaron, o el usuario que la utiliza y plantae los promts específicos? Este debate tiene implicaciones legales, culturales y filosóficas sobre la propiedad intelectual y los derechos de autor en la era digital.

Un tema igualmente controvertido es el uso de asistencia de IA en tareas como la escritura. A medida que las herramientas de IA se perfeccionan, muchas personas recurren a ellas para realizar tareas escolares, escribir artículos, ensayos o incluso obras literarias. Sin embargo, surge la pregunta ética de si es apropiado escribir con la ayuda de una máquina. ¿Estamos perdiendo nuestra capacidad de expresarnos creativamente al delegar parte de nuestra autoría a un sistema automatizado? ¿Deberíamos considerar estos textos generados por IA como una forma de plagio, ya que no son completamente fruto del intelecto humano? ¿Debemos informar que un texto fue creado con asistencia de IA? Este cuestionamiento abre la puerta a un debate sobre el valor de la creatividad humana en un mundo digitalizado.

Finalmente, el reemplazo de trabajos humanos por bots es un desafío que ya está comenzando a tener un impacto significativo en diversas industrias. Con la automatización de procesos y el aumento de la IA, muchas tareas que antes realizaban personas pueden ser asumidas por máquinas más eficientes y rápidas. ¿Qué pasará con aquellos trabajadores cuyas habilidades se vuelvan obsoletas? ¿Cómo garantizar que el reemplazo no conduzca a una mayor desigualdad social y económica? Además, surge la cuestión sobre cómo se distribuirá el poder en una sociedad donde la toma de decisiones y la gestión de recursos están cada vez más en manos de algoritmos. ¿Quienes controlan estas tecnologías tendrán más poder sobre la sociedad que aquellos que las usan? Y, en última instancia, ¿cómo garantizar que las tecnologías no acentúen las desigualdades preexistentes, sino que contribuyan a un bienestar generalizado?

Estos ejemplos muestran solo algunos de los desafíos éticos que se deben analizar a medida que las TIC y la IA siguen avanzando. Cada uno de estos puntos requiere una reflexión profunda sobre cómo equilibrar los beneficios tecnológicos con los principios éticos que deben guiar su implementación y uso en la sociedad.

[La imagen que acompaña el artículo fue generada por Dall-e utilizando Chatgpt]

.

.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Entre lo Humano y lo Artificial

A fines de febrero de este año expuse algunas ideas en el panel “Inteligencia Artificial para la ciudadanía: retos y oportunidades” organizado por el Centro de Información Oficial (IMPO), y como se trataba de la reinauguración de una sala que lleva el nombre del escritor y compositor Felisberto Hernández, decidí jugar un poco combinando las ideas que quería transmitir con su obra.

Felisberto escribía sobre lo cotidiano atravesado por lo extraño. Sus relatos presentan un mundo donde la realidad se descompone sutilmente: muñecas que sustituyen personas, objetos que parecen cobrar vida, recuerdos que se transforman en fantasmas de la conciencia. Su literatura es un laboratorio donde lo artificial y lo humano conviven en tensión.

Hoy, en la era de la inteligencia artificial, vivimos una narrativa felisbértiana a escala global. No es la fantasía la que invade la realidad, sino la automatización y los algoritmos los que reescriben las reglas de la existencia humana, pudiendo crear nuevas ideas y tomar decisiones sin intervención de personas. Pero, como en sus cuentos, el verdadero problema no son los objetos en sí, sino la forma en que transforman las relaciones entre las personas.

La inteligencia artificial representa un verdadero desafío, no por poner en riesgo los puestos de trabajo actuales, sino por la velocidad en que se están dando estos cambios. Lo que debemos proteger son las personas y no los trabajos que hoy ocupan, lo cual tiene que ver con dos temas fundamentales: la falta de tiempo para adaptarnos a los cambios, y cómo se distribuirán los beneficios que la automatización genera.

Felisberto retrataba personajes desplazados, existencias que se desvanecen sin que nadie las note. En su universo, el extrañamiento es un destino silencioso. Con la IA, enfrentamos un dilema similar: el avance tecnológico deja a muchos atrás. El problema no es solo la desaparición del trabajo, sino el destino de quienes no logran adaptarse a esta nueva economía algorítmica. ¿Cómo evitamos que la IA profundice una distopía de exclusión?

En "Las hortensias", un hombre sustituye a su esposa por muñecas realistas diseñadas a su medida. Hoy, la IA es moldeada por quienes poseen los datos y el poder. Las grandes corporaciones que diseñan estos algoritmos, ¿están creando herramientas para todos o solo para una élite? Si la IA influye en decisiones sobre préstamos, empleos o seguridad, ¿quién controla estas decisiones y a quién benefician realmente?

Yuval Noah Harari advierte en Nexus que la IA no es solo una tecnología, sino una entidad con capacidad de decidir y generar nuevas ideas. En "El caballo perdido", Felisberto narra cómo los objetos adquieren una existencia propia en la mente del protagonista. De manera similar, la IA ha dejado de ser una simple herramienta para convertirse en un actor que escribe su propio relato. ¿Qué implica para la humanidad ceder la toma de decisiones a sistemas que no requieren nuestra intervención?

Si la IA es la primera tecnología capaz de alterar la evolución biológica al modificar la toma de decisiones a nivel global, ¿qué tipo de humanidad estamos construyendo? Felisberto jugaba con la idea de la identidad fragmentada, con lo humano dividido entre lo real y lo artificial. ¿Nos encaminamos hacia una nueva era donde ambas dimensiones se funden en algo distinto?

La literatura de Felisberto no ofrecía respuestas; nos sumergía en la incertidumbre. De manera similar, la IA nos plantea preguntas sin resolver: ¿a quién servirá realmente? ¿Qué humanidad estamos construyendo con ella? ¿Seremos protagonistas o meros espectadores de una historia escrita por algoritmos?

Así como en sus cuentos lo extraño se infiltraba en lo cotidiano, la IA se ha convertido en un elemento omnipresente que transforma nuestras vidas sin que siempre comprendamos su verdadero impacto. Nuestro desafío, como ciudadanos, no es detener el avance tecnológico, sino garantizar que este futuro sea inclusivo y no solo privilegio de unos pocos.

En un mundo cada vez más volátil, incierto, complejo y ambiguo, la inteligencia artificial puede ser tanto un velo que oculta como una herramienta que clarifica. Su potencial no radica solo en automatizar procesos, sino en ayudar a las personas a comprender mejor la realidad en la que viven. Un ejemplo de esto es el trabajo de IMPO para traducir la normativa legal a un lenguaje accesible para toda la ciudadanía.

La IA puede desempeñar un papel clave en hacer más inteligibles los sistemas que rigen nuestras vidas, desde leyes y regulaciones hasta datos económicos y algoritmos de toma de decisiones. Así como Felisberto exploraba lo oculto detrás de lo cotidiano, podemos utilizar la IA para iluminar lo que permanece opaco, asegurando que el conocimiento y la comprensión sean un derecho de todos y no un privilegio de unos pocos.

.
.